Me llevé una terrible decepción con Witchboard (2024) por diferentes motivos: El director es Chuck Russell, quien no dirigía una película de terror desde hace casi 40 años. Perdió el toque que lo llevó a estar detrás de las cámaras en clásicos del género de los 80 como A Nightmare on Elm Street 3: Dream Warriors (1987), que considero la mejor de la saga, además del vibrante remake de The Blob (1988). También dirigió The Mask (1994), con Jim Carrey. Se nota su desconexión para crear al menos interés en la historia, así como su incapacidad para generar siquiera algo de suspenso o momentos de horror. No existe atmósfera. Para ejemplificar: la experiencia se asemeja, en cuanto a historia, CGI, actuaciones y congruencia, a cualquier título de Full Moon Pictures en sus horas decadentes, o a algunas de las peores secuelas de la saga de Amityville, lo cual ya dice mucho. La historia es esta: una joven (Madison Iseman) en recuperación de una adicción a la heroína, encuentra en el bosque una antigua tabla espiritual robada de un museo y empieza a usarla, creyendo que se comunica con su subconsciente. Pero la tabla está ligada a Naga Soth, una bruja del siglo XVII que busca venganza y poseer a otra mujer para que ocupe su lugar en su línea del tiempo. Concepto interesante, de acuerdo. Vemos las historias de la chica en recuperación y de la bruja de forma paralela, hasta que se conectan de manera desastrosa en cuanto a coherencia y desarrollo. Ah, y los datos históricos sobre las brujas son erróneos. WTF La idea de conectar una adicción con el uso de un tablero ouija me parecía interesante, más o menos como en el remake de Evil Dead (2013). Sin embargo, falla en cualquier intento de conectar ambas situaciones y deja todo reducido a la posesión demoniaca. Zzz. La Witchboard (1986) original, dirigida por Kevin Tenney —conocido por Night of the Demons (1988)—, no es un clásico ni mucho menos, pero tenía un encanto especial por su historia chusca, efectos especiales simples pero funcionales, personajes que parecían estar en otra frecuencia —la psíquica Zarabeth era la onda— y la posesión demoniaca de Tawny Kitaen. Era entretenimiento ochentero de terror puro.
Esta reinvención carece de cualquier tipo de entretenimiento y, peor aún, de elementos básicos para el cine de terror. Parece más un episodio de alguna serie adolescente estadounidense. El tercer acto parece realizado cuando ya se habían quedado sin ideas y recursos, casi al nivel de The Graveyard Story (1991). Creo que lo mejor es la masacre y las alucinaciones durante la cena de apertura en un restaurante. Ahora me queda claro por qué no ha encontrado distribuidores. Mejor que permanezca en la oscuridad.





